Argentina: tres millones de hectáreas incendiadas terminaron convertidas en campos productivos

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Un análisis de dos décadas de imágenes satelitales determinó que una superficie equivalente a la provincia de Misiones pasó de tener bosques, pastizales y otros ambientes naturales a ser utilizada para agricultura, ganadería o forestaciones industriales. Santiago del Estero, Salta y Chaco concentran los cambios más importantes.
16/07/2026La Política AmbientalLa Política Ambiental

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Los incendios que atraviesan cada año distintas regiones de la Argentina dejan consecuencias que continúan mucho tiempo después de la extinción de las llamas. Un relevamiento nacional determinó que tres millones de hectáreas con cobertura natural, afectadas por el fuego entre 2004 y 2014, habían sido transformadas para 2024 en campos agrícolas, ganaderos o forestales.

La superficie reconvertida representa el 13,9% de las 21,78 millones de hectáreas incendiadas durante el período estudiado. Su extensión equivale aproximadamente a toda la provincia de Misiones o al territorio de un país como Bélgica.

La investigación fue realizada a partir de un análisis desarrollado por Nicolás Mari, técnico del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria. El trabajo comparó mapas de vegetación, registros de áreas quemadas e información satelital sobre el uso actual de los suelos.

El resultado permite observar qué ocurrió durante los años posteriores al incendio. La mayoría de las superficies quemadas mantuvo algún tipo de cobertura natural, pero el fuego aparece como un factor relevante en la transformación productiva de millones de hectáreas.

Una superficie del tamaño de Misiones

El estudio tomó como referencia inicial el mapa de vegetación correspondiente a 2003. Luego identificó las áreas alcanzadas por incendios entre 2004 y 2014 y comparó esos territorios con el uso del suelo registrado en 2024.

De las 21,78 millones de hectáreas evaluadas, el 53,6%, alrededor de 11,6 millones de hectáreas, conservó el mismo tipo general de ecosistema natural que tenía antes del incendio.

Otro 13,9%, equivalente a tres millones de hectáreas, pasó de presentar bosques, arbustales, matorrales o pastizales a ser utilizado para agricultura, ganadería o plantaciones forestales industriales.

El análisis no identificó, dentro del período estudiado, superficies quemadas que posteriormente hubieran sido transformadas en áreas urbanizadas.

Además, dos millones de hectáreas, equivalentes al 9,6% de la superficie analizada, se transformaron en otro tipo de ecosistema natural. Esto puede significar, por ejemplo, que un bosque haya sido reemplazado por un arbustal o un pastizal degradado.

El 13,1% de las tierras ya tenía un uso productivo antes del incendio, mientras que el 9,9% restante correspondió a situaciones que las herramientas satelitales no pudieron clasificar con precisión.

El fuego triplica la posibilidad de transformación

Uno de los datos más significativos surge al comparar las áreas incendiadas con las superficies naturales transformadas en todo el país.

Entre 2003 y 2024, más de 11 millones de hectáreas con cobertura natural pasaron a tener un uso agrícola, ganadero o forestal. De ese total, tres millones habían sido afectadas previamente por incendios.

Esto significa que el fuego intervino en el 26,1% de toda la superficie natural reconvertida durante el período estudiado. Según Nicolás Mari, en los territorios alcanzados por las llamas, la posibilidad de que posteriormente se produzca un cambio hacia usos productivos se multiplica por tres.

El investigador aclaró que el incendio generalmente no opera como la única herramienta para transformar un terreno. En emprendimientos de escala empresarial, las quemas suelen utilizarse junto con topadoras, rolados y otra maquinaria destinada a remover la vegetación y preparar el suelo.

El fuego puede abaratar o acelerar esa tarea, pero la conversión definitiva requiere otras intervenciones sobre el territorio.

Santiago del Estero encabeza la transformación

La región chaqueña concentra la mayor parte de los cambios detectados. Santiago del Estero fue la provincia con más superficie natural incendiada que después pasó a ser utilizada para actividades productivas.

Más de 1,1 millones de hectáreas quemadas en esa provincia entre 2004 y 2014 aparecían en 2024 como campos destinados a cultivos o ganadería. Esa superficie representa más de un tercio del territorio provincial afectado por incendios durante la década analizada.

En segundo lugar se ubicó Salta, con 649.000 hectáreas transformadas, equivalentes al 37,2% de su cobertura natural quemada. Le siguieron Chaco, con 386.000 hectáreas y un 18,4%, y Formosa, con 206.000 hectáreas y un 9,4%.

El avance de la frontera agropecuaria sobre el Gran Chaco argentino se intensificó a partir de la incorporación de semillas transgénicas y la expansión de la soja. En ese contexto, desmontes, incendios y aplicación de agroquímicos forman parte de un mismo proceso de transformación territorial.

Comunidades campesinas de Santiago del Estero describieron una secuencia reiterada: primero ingresa la maquinaria pesada para derribar los árboles, luego se quema el material vegetal restante y, finalmente, el suelo queda disponible para la agricultura industrial o la ganadería.

El impacto de la Ley de Bosques

Otro momento relevante fue la sanción, en 2007, de la Ley 26.331 de Presupuestos Mínimos de Protección Ambiental de los Bosques Nativos.

La norma obligó a las provincias a realizar ordenamientos territoriales y clasificar sus bosques según su valor de conservación. Sin embargo, durante los años posteriores a su aprobación y antes de su implementación completa en cada jurisdicción se registró un incremento de incendios.

Un estudio citado por la investigación señaló que entre 2009 y 2011 el número de incendios llegó a duplicarse respecto de períodos anteriores. Los investigadores consideraron que esa situación tuvo un efecto negativo sobre las superficies de bosque nativo y resultó contraria al objetivo de conservación establecido por la ley.

La situación muestra la importancia de los períodos de transición normativa. Cuando una ley anuncia futuras restricciones, pero los mecanismos de control todavía no se encuentran plenamente vigentes, puede generarse una aceleración de los desmontes o de las intervenciones destinadas a consolidar usos productivos.

Que el paisaje siga siendo natural no significa que se haya recuperado

El relevamiento también advierte que la ausencia de un cambio formal en el uso del suelo no implica que el ecosistema haya quedado intacto.

Una superficie puede continuar clasificada como bosque, pastizal o arbustal después del incendio, pero haber perdido especies, capacidad de regulación hídrica, fertilidad del suelo y posibilidades de regeneración.

En Córdoba, por ejemplo, se quemaron 874.000 hectáreas durante el período analizado. Sólo el 3,5% de la vegetación natural pasó posteriormente a tener un uso productivo. Sin embargo, el 13,7% se transformó en otro tipo de paisaje natural y aproximadamente la mitad mantuvo la misma clasificación general.

Los especialistas explicaron que un bosque incendiado puede seguir apareciendo en las imágenes satelitales como bosque, aunque ya no tenga la estructura necesaria para albergar determinadas especies. También puede reducir su capacidad para capturar carbono, conservar el suelo o regular el agua de ríos y arroyos.

En algunos sectores de Córdoba, el fuego favorece además el avance de especies vegetales invasoras, que desplazan a la flora nativa y modifican las condiciones del ecosistema.

El Delta y los Esteros del Iberá

La situación presenta características diferentes en los humedales del Delta del Paraná y los Esteros del Iberá.

En Santa Fe, Corrientes y Entre Ríos se incendiaron casi seis millones de hectáreas durante el período analizado. Sin embargo, sólo el 5,7% de esa superficie fue posteriormente transformada en tierras productivas.

Los pastizales y bosques inundables de estas regiones requieren intervenciones adicionales para cambiar su uso. Para instalar forestaciones o ampliar la ganadería suelen realizarse canalizaciones, bombeos y modificaciones del régimen hídrico.

En estos ambientes, el fuego puede formar parte de determinados ciclos naturales o ser utilizado para renovar pasturas. Sin controles adecuados, la misma práctica puede provocar incendios de gran magnitud, destruir fauna, afectar la calidad del aire y alterar el funcionamiento de los humedales.

Qué establece la Ley de Manejo del Fuego

La legislación nacional busca impedir que un incendio sea utilizado para modificar el destino de los terrenos afectados.

La Ley 26.815 de Manejo del Fuego, modificada por la Ley 27.604, prohíbe durante 60 años cambiar el uso de superficies incendiadas que contengan bosques nativos o implantados, áreas naturales protegidas y humedales.

Durante ese plazo tampoco pueden desarrollarse nuevos emprendimientos inmobiliarios ni actividades agropecuarias diferentes de las que existían antes del incendio. En tierras agropecuarias, pastizales, matorrales y zonas de interfaz, las restricciones rigen durante 30 años.

El objetivo es permitir la restauración de las superficies dañadas y eliminar el incentivo económico que podría existir detrás de una quema intencional.

La aplicación concreta de esas prohibiciones requiere identificar con precisión las parcelas alcanzadas por el fuego, vincular los registros satelitales con la información catastral y controlar los usos posteriores del suelo.

Una realidad más compleja que la quema intencional

El informe rechaza la idea de que todos los incendios forestales sean provocados para ampliar la frontera agropecuaria o desarrollar emprendimientos inmobiliarios.

Los datos muestran que más de la mitad de las superficies quemadas mantuvo el mismo tipo general de cobertura natural y que no se detectó una expansión urbana posterior sobre los terrenos analizados.

Sin embargo, la investigación también demuestra que el fuego participa en una proporción relevante de las transformaciones productivas. Tres millones de hectáreas naturales fueron quemadas y luego convertidas en campos agrícolas, ganaderos o forestales.

El principal desafío consiste en reconstruir qué ocurrió en cada territorio y determinar si las llamas fueron accidentales, producto de prácticas de manejo descontroladas o utilizadas deliberadamente dentro de un proceso de desmonte.

Los incendios no terminan cuando se apaga el último foco. Sus consecuencias pueden manifestarse durante décadas en la pérdida de biodiversidad, la erosión del suelo, la disminución de las fuentes de agua y la transformación definitiva del paisaje.

El destino posterior de las tierras quemadas constituye, por eso, una información central para comprender el verdadero impacto del fuego y controlar que la destrucción de los ecosistemas no termine convertida en una oportunidad económica.

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