Salta: el CONICET busca recuperar una mina abandonada que contamina la Puna desde hace cuatro décadas


Investigadores desarrollaron un bactericida natural para reducir la formación de drenaje ácido en la antigua Mina La Concordia, cerrada desde 1986. Los residuos mineros continúan liberando arsénico, plomo, cobre, zinc y hierro sobre suelos y cursos de agua cercanos a San Antonio de los Cobres.
14/07/2026La Política AmbientalLa Política Ambiental

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Un equipo del CONICET trabaja en la recuperación ambiental de la antigua Mina La Concordia, uno de los pasivos mineros históricos de la Puna salteña. Aunque el establecimiento dejó de operar hace cuatro décadas, los residuos acumulados durante la explotación continúan generando aguas extremadamente ácidas y liberando metales pesados al ambiente.

La investigación es encabezada por Josefina Plaza Cazón, especialista en biorremediación del Centro de Investigación y Desarrollo en Fermentaciones Industriales —CINDEFI, CONICET-Universidad Nacional de La Plata—, quien estudia desde 2015 distintos pasivos ambientales mineros del Noroeste argentino. El objetivo es comprender el comportamiento de los contaminantes y desarrollar soluciones biotecnológicas adaptadas a las condiciones extremas de la región.

El principal avance fue la creación de un bactericida natural elaborado a partir de compuestos bioactivos de una planta nativa. La herramienta busca impedir la proliferación de los microorganismos que aceleran las reacciones químicas responsables del drenaje ácido de mina. El próximo paso será comprobar su funcionamiento directamente sobre los residuos de La Concordia.

Una mina cerrada que todavía contamina

La Concordia se encuentra a unos 4.200 metros sobre el nivel del mar, dentro del departamento Los Andes y aproximadamente a 15 kilómetros de San Antonio de los Cobres. El sitio está emplazado en el Área Protegida Provincial Los Andes, un ambiente de gran fragilidad ecológica habitado por comunidades originarias y especies adaptadas a condiciones extremas.

El yacimiento era conocido desde la época colonial por la extracción artesanal de plata. Alrededor de 1900 comenzó una explotación más intensiva de plata, cobre, plomo y zinc, que se mantuvo con distintas interrupciones hasta el cierre definitivo de la mina en 1986.

La actividad terminó, pero los residuos quedaron en el lugar. Los materiales que no pudieron ser procesados fueron depositados en cuatro diques de cola construidos a lo largo del arroyo Concordia. Las estructuras fueron levantadas con materiales de la zona y sus bases carecen de impermeabilización, por lo que el agua puede atravesar los desechos y transportar los contaminantes.

El arroyo nace en el socavón de la propia mina y es afluente del río San Antonio, que llega hasta las inmediaciones del pueblo del mismo nombre. Esa conexión hídrica convierte al pasivo minero en un problema que excede el perímetro del antiguo establecimiento.

Agua ácida y metales pesados

Durante la temporada de lluvias, principalmente entre diciembre y marzo, el agua entra en contacto con los minerales sulfurados acumulados en los diques de cola. La reacción genera drenaje ácido de mina: un líquido con niveles muy bajos de pH y concentraciones elevadas de metales potencialmente tóxicos.

El suelo arenoso y limoso de la Puna facilita además la infiltración del drenaje hacia las capas inferiores. En los períodos secos, el viento actúa como otra vía de dispersión: los metales precipitan junto con las sales del terreno y pueden ser transportados a grandes distancias, incluso hacia sectores ubicados aguas arriba.

Una investigación publicada en 2025 en la revista científica Environmental Monitoring and Assessment confirmó la presencia de drenajes con un pH inferior a 3,5 y concentraciones elevadas de arsénico, hierro, cobre, plomo y zinc.

Al comparar los valores obtenidos con parámetros de agua potable, el trabajo registró concentraciones entre 5 y 10 veces superiores para el arsénico; entre 6 y 13 veces para el zinc; entre 80 y 120 veces para el plomo; entre 20 y 380 veces para el hierro; y entre 4 y 10 veces para el cobre. Estos datos funcionan como referencia de la magnitud de la contaminación y no significan necesariamente que el drenaje sea utilizado directamente para consumo humano.

El estudio también detectó suelos ácidos, con elevada salinidad y concentraciones importantes de zinc, plomo y cobre. Investigaciones previas ya habían identificado a La Concordia como una fuente de arsénico y metales disueltos capaz de afectar el arroyo que atraviesa los depósitos mineros.

Un bactericida creado con recursos de la Puna

Para desarrollar una estrategia de remediación, los investigadores caracterizaron el agua, los suelos y los residuos acumulados. También identificaron los microorganismos que intervienen en la oxidación del hierro y el azufre, un proceso que acelera la generación del drenaje ácido.

A partir de esa información, el equipo desarrolló un bactericida natural basado en compuestos obtenidos de una planta de la región. La formulación busca inhibir a las bacterias oxidantes y reducir, desde su origen, las reacciones químicas que producen acidez y liberan metales.

La propuesta se diferencia de los tratamientos convencionales que intentan neutralizar el drenaje después de su formación. En este caso, la tecnología procura intervenir sobre el proceso biológico que contribuye a generarlo.

La elección de recursos locales responde a las condiciones particulares de la Puna: gran amplitud térmica, elevada radiación solar, escasez de agua, baja presión atmosférica y suelos con características diferentes a los de otras regiones mineras. Por ese motivo, los científicos consideran que importar soluciones desarrolladas para otros ambientes podría ofrecer resultados limitados o difíciles de sostener.

Plantas y hongos para recuperar los suelos

La estrategia también estudia la capacidad de las especies vegetales nativas para sobrevivir en terrenos contaminados. Una de las plantas analizadas es Parastrephia quadrangularis, conocida en la región como tola, que fue la única especie hallada en los sectores con mayor contaminación.

Los estudios observaron que la planta puede acumular metales en raíces y tejidos y, al mismo tiempo, activar mecanismos fisiológicos que le permiten tolerar el estrés oxidativo. Esa capacidad podría convertirla en una herramienta para estabilizar los contaminantes y evitar que sean dispersados por el agua o el viento.

El equipo del CINDEFI también trabaja junto con investigadores del Instituto de Fisiología Vegetal en la identificación de hongos micorrícicos. Estos organismos desarrollan relaciones simbióticas con las raíces, favorecen el crecimiento de las plantas y pueden absorber o inmovilizar ciertos contaminantes.

El proyecto obtuvo financiamiento internacional para estudiar hongos capaces de desarrollarse en los suelos extremos de la Puna. A largo plazo, podrían emplearse como bioestimulantes o incorporarse a programas de restauración de áreas afectadas por metales pesados.

Participación de la comunidad kolla

El pasivo minero se encuentra dentro de un territorio en el que vive la Comunidad Kolla El Desierto. Sus integrantes y los habitantes de San Antonio de los Cobres se encuentran entre las poblaciones más expuestas a las consecuencias ambientales del antiguo emprendimiento.

Los investigadores comenzaron a trabajar con la comunidad para comunicar los resultados, explicar las tareas de muestreo y construir mecanismos de participación. Jóvenes kollas que estudian carreras universitarias vinculadas con los recursos naturales serán incorporados a futuras campañas científicas en el territorio.

Para Plaza Cazón, la participación comunitaria resulta indispensable porque la restauración ambiental debe contemplar los conocimientos, las necesidades y las decisiones de quienes habitan el lugar. La investigadora también destacó que las comunidades tienen derecho a saber qué muestras se extraen y cuál es el estado real de los recursos naturales que forman parte de su territorio.

Una deuda ambiental que sobrevivió a la mina

La situación de La Concordia expone uno de los principales problemas de la actividad minera: los impactos pueden continuar durante décadas después del cierre cuando los residuos quedan sin aislamiento, monitoreo ni tratamiento adecuado.

Los diques de cola permanecen expuestos a la lluvia, el viento y los cambios de temperatura. Con el paso del tiempo, la oxidación de los minerales sigue generando acidez y movilizando contaminantes, incluso cuando ya no existe una empresa produciendo en el lugar.

La tecnología desarrollada por el CONICET todavía deberá superar la prueba de campo y demostrar que puede aplicarse a escala suficiente. Sin embargo, el proyecto abre la posibilidad de recuperar gradualmente un sitio degradado utilizando microorganismos, plantas y compuestos naturales adaptados al territorio.

La experiencia también puede aportar conocimientos para otros pasivos mineros del Noroeste argentino y para diseñar cierres de minas que contemplen el tratamiento de los residuos desde el inicio. La advertencia científica es clara: una explotación puede finalizar en pocos años, pero la contaminación derivada de una gestión deficiente puede permanecer activa durante generaciones.

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