Chubut: identificaron una bacteria asociada a la muerte de ballenatos en Península Valdés

30/09/2026La Política AmbientalLa Política Ambiental

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Una cantidad inusualmente alta de ballenatos de ballena franca austral apareció muerta durante la temporada 2026 en las costas de Península Valdés, Chubut. Después de semanas de análisis, las autoridades provinciales informaron que identificaron una bacteria asociada a una enfermedad sistémica en las crías. Se trata de Erysipelothrix rhusiopathiae, un microorganismo que puede encontrarse naturalmente en ambientes marinos y que ya había sido detectado en ballenatos de esta misma población años atrás.

El hallazgo permitió avanzar sobre una de las principales líneas de investigación, pero los especialistas todavía buscan determinar por qué durante esta temporada la bacteria habría provocado cuadros graves en una cantidad inusualmente elevada de crías y qué otros factores ambientales o sanitarios pudieron favorecer el fenómeno.

Cuándo comenzaron a aparecer los ballenatos muertos

La preocupación comenzó a crecer durante el invierno. El 14 de agosto, seis ejemplares de ballena franca austral aparecieron muertos en distintos sectores del frente costero de Puerto Madryn. Los animales fueron encontrados en las playas San Isidro, La Galesa, Bajada 1, Parador 5, Kaiser y Paraná.

En ese momento, desde el área de Conservación explicaron que los ejemplares probablemente habían muerto previamente en el mar y que el viento norte había desplazado sus cuerpos hacia la costa. Investigadores del CENPAT tomaron muestras para intentar determinar las causas de muerte y remarcaron que la aparición de esos seis animales no permitía, por sí sola, concluir que existiera un problema generalizado en la población.

Durante septiembre, sin embargo, comenzaron a acumularse nuevos registros de crías muertas en distintos sectores de Península Valdés y el fenómeno pasó a ser considerado inusual por los equipos que realizan el monitoreo sanitario de la especie.

El 6 de septiembre, un censo aéreo realizado por investigadores del Laboratorio de Mamíferos Marinos del CESIMAR-CONICET contabilizó 1.375 ballenas francas australes, de las cuales 409 eran crías. El relevamiento permitió dimensionar también la cantidad de ejemplares presentes en la zona durante la temporada reproductiva.

Para el 24 de septiembre, el Instituto de Conservación de Ballenas advirtió públicamente que el número de ballenatos muertos era inusualmente elevado y que los registros preliminares podían incluso superar el episodio de mortalidad registrado en 2012.

La bacteria que apareció en las investigaciones

El microorganismo que concentra actualmente la investigación es Erysipelothrix rhusiopathiae.

Se trata de una bacteria que puede encontrarse en distintos animales y ambientes, incluidos ambientes marinos, y que puede provocar una enfermedad conocida como erisipela. En cetáceos puede producir cuadros graves.

El secretario de Ambiente de Chubut, Juan José Rivera, confirmó que los estudios realizados sobre los ejemplares permitieron identificar el agente asociado a la enfermedad y señaló que se trata de una bacteria que normalmente se encuentra en el agua, en peces, crustáceos y en el ambiente marino. Según el funcionario, hasta el momento no se encontraron evidencias que permitan relacionar el episodio con una acción humana.

Sin embargo, el Instituto de Conservación de Ballenas mantiene una posición más cautelosa respecto de la relación causal. El organismo confirmó que la bacteria es una de las líneas centrales de investigación, pero señaló que todavía es necesario determinar qué condiciones pudieron favorecer la infección y qué relación tiene con la elevada mortalidad observada durante esta temporada.

Por eso, el dato confirmado es la identificación del microorganismo en el marco de las investigaciones, mientras que todavía continúa el trabajo para establecer por qué se produjo este episodio de mortalidad y qué papel concreto tuvo la bacteria en cada animal.

La misma bacteria ya había aparecido en ballenatos argentinos

El hallazgo no es completamente nuevo para Península Valdés.

Durante la temporada de 2013, investigadores estudiaron ballenatos que presentaban heridas producidas por ataques de gaviotas cocineras. En dos de ellos se detectó Erysipelothrix rhusiopathiae mediante cultivo y PCR.

Los resultados fueron publicados en 2016 en la revista científica Diseases of Aquatic Organisms, en un trabajo liderado por Carla Fiorito, investigadora vinculada al entonces Centro Nacional Patagónico del CONICET.

El estudio encontró la bacteria en las lesiones de dos ballenatos y planteó que las heridas provocadas por las gaviotas podían funcionar como una vía de entrada para distintos microorganismos. Pero existe una diferencia fundamental con la situación actual: aquel trabajo no pudo establecer que la bacteria hubiera provocado la muerte de los animales.

De hecho, investigaciones posteriores también detectaron bacterias potencialmente patógenas en ballenas francas australes vivas de Península Valdés, entre ellas Erysipelothrix rhusiopathiae, Escherichia coli y Staphylococcus aureus. Esto demuestra que la presencia de microorganismos en la población no es, por sí sola, evidencia de que estén provocando una mortandad.

La pregunta que ahora deben responder los investigadores es diferente: ¿qué cambió durante 2026 para que una bacteria presente en el ambiente pueda estar asociada a una cantidad excepcional de muertes entre las crías?

2012: el antecedente de mayor mortalidad de ballenatos

La actual situación tiene un antecedente especialmente importante.

En 2012, Península Valdés registró 113 ballenatos muertos, la mayor cantidad documentada hasta ese momento para esta especie tanto en la población local como a nivel mundial.

Por eso, el Instituto de Conservación de Ballenas utiliza ese año como referencia para dimensionar lo que está ocurriendo en 2026. Los datos preliminares de esta temporada podrían superar aquel registro, aunque la cifra todavía debe consolidarse y compararse con el número total de nacimientos.

La comparación resulta importante porque no alcanza con contar animales muertos: para evaluar el impacto sobre la población también hay que conocer cuántos ballenatos nacieron durante la temporada y cómo se distribuyen las muertes en el tiempo y el espacio.

El Programa de Monitoreo Sanitario de Ballena Franca Austral funciona desde 2003 y acumuló información de largo plazo sobre la mortalidad y la salud de esta población. Desde entonces se estudiaron más de 1.000 ballenas muertas y se reunieron miles de muestras para investigaciones sanitarias.

2022: murieron 30 ballenas, pero por otra causa investigada

Otro antecedente importante ocurrió en 2022, aunque aquel episodio tuvo características diferentes.

Entre el 24 de septiembre y el 11 de octubre de 2022 se registraron 30 ballenas francas muertas en el Golfo Nuevo: 26 adultas y cuatro juveniles.

En ese caso, los investigadores encontraron toxinas asociadas a una floración algal nociva, conocida habitualmente como marea roja. Se detectaron toxinas paralizantes de moluscos en distintos tejidos y fluidos de las ballenas, mientras que en sus contenidos digestivos aparecieron organismos capaces de producir esas toxinas.

El episodio de 2022 afectó principalmente a ballenas adultas, a diferencia de la situación que se investiga actualmente, donde la mortalidad está concentrada en los ballenatos.

Por eso, no se trata simplemente de repetir una explicación utilizada para anteriores mortandades. Cada episodio requiere analizar las muestras y las condiciones ambientales correspondientes.

2024: otro episodio de mortalidad en el Golfo Nuevo

En octubre de 2024 volvió a registrarse una mortandad importante. Entre el 19 y el 29 de octubre, el Programa de Monitoreo Sanitario registró 21 ballenas muertas en el Golfo Nuevo: 15 adultas, dos juveniles, dos crías y dos ejemplares cuya edad no pudo determinarse.

En aquel momento también se investigó la posibilidad de una relación con floraciones algales nocivas, debido a que el episodio presentaba algunas similitudes con el ocurrido en 2022.

El CESIMAR-CONICET explicó posteriormente que las floraciones algales nocivas pueden afectar a las ballenas a través de la cadena alimentaria: el fitoplancton produce las toxinas, el zooplancton puede incorporarlas y las ballenas pueden quedar expuestas al alimentarse.

Esto vuelve a mostrar por qué los científicos analizan no solamente los cuerpos de las ballenas, sino también el agua, el plancton, los moluscos y las condiciones ambientales de los golfos.

¿Qué está pasando en 2026?

La diferencia principal respecto de los episodios anteriores es que esta vez la mortalidad está concentrada en las crías.

El primer censo aéreo de septiembre encontró 409 ballenatos vivos entre las 1.375 ballenas registradas. Al mismo tiempo, los equipos sanitarios fueron acumulando ejemplares muertos y realizando necropsias y toma de muestras.

El Instituto de Conservación de Ballenas considera que la magnitud preliminar del episodio puede superar el récord de 2012, aunque advierte que todavía hay que consolidar los registros para evitar duplicaciones y determinar exactamente cuántos animales murieron.

Los investigadores también necesitan estudiar qué estaba ocurriendo en los golfos Nuevo y San José, porque la presencia de un microorganismo potencialmente patógeno no explica por sí sola por qué se produjo una mortalidad elevada durante esta temporada. Las condiciones ambientales pueden influir en la susceptibilidad de los animales a las infecciones y en la gravedad de las enfermedades.

Una investigación que todavía no terminó

El Programa de Monitoreo Sanitario de Ballena Franca Austral continúa realizando análisis epidemiológicos y sanitarios de las muestras obtenidas. El objetivo es determinar las causas de muerte y los factores asociados al episodio.

El monitoreo no se limita a buscar bacterias. Las necropsias permiten investigar enfermedades infecciosas, biotoxinas, contaminantes, plásticos, lesiones producidas por gaviotas y posibles impactos de actividades humanas, además de evaluar el estado nutricional y corporal de los animales.

Por eso, la identificación de Erysipelothrix rhusiopathiae representa un avance importante, pero no cierra la investigación.

Lo que todavía deben determinar los científicos es por qué una bacteria que ya estaba presente en el ambiente y que había sido detectada anteriormente en ballenatos de Península Valdés aparece ahora asociada a un episodio de mortalidad excepcional entre las crías.

Mientras continúan los estudios, las autoridades y los especialistas pidieron que las personas no se acerquen ni toquen a los ejemplares muertos y que avisen cuando encuentren un animal varado. Esto permite que los equipos científicos puedan llegar rápidamente, registrar el ejemplar y obtener muestras antes de que el proceso de descomposición destruya información sanitaria importante.

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