
La Rioja: mataron a Manincho, el burro campeón que una comunidad llora y reclama justicia
La Política Ambiental
La muerte de Manincho, un burro querido por su familia y por numerosos vecinos de Aimogasta, en el departamento Arauco de La Rioja, provocó indignación y tristeza en la comunidad. El animal fue sustraído del corral donde vivía y posteriormente faenado. La investigación derivó en la detención de dos hombres, pero para quienes lo cuidaban ninguna medida judicial puede reparar la pérdida de un compañero con el que habían construido un vínculo cotidiano.
El caso no es solamente el robo de un animal reconocido en festivales y celebraciones religiosas. También expone una forma de violencia que suele quedar relegada cuando los hechos se narran únicamente como delitos contra la propiedad: Manincho era un ser vivo, tenía una historia, recibía cuidados y mantenía un vínculo afectivo con las personas que convivían con él. Su muerte terminó con esa relación de manera violenta.
El robo y la faena que terminaron con su vida
La desaparición de Manincho fue advertida durante la mañana del lunes 26 de octubre, cuando un familiar de sus cuidadores se acercó al corral del barrio Tiro Federal II para alimentar a los animales y comprobó que el burro ya no estaba. Al seguir los rastros, encontraron manchas de sangre y dieron aviso a la Policía.
Los investigadores reconstruyeron parte del recorrido a partir de las huellas y llegaron hasta una finca en la zona de Barrancas de Otacio, donde hallaron restos que serían de Manincho. Los procedimientos posteriores incluyeron allanamientos y el secuestro de cortes de carne.
Por el hecho fueron detenidos José Guillermo Oliva, de 36 años, y Franco Agüero, de 32, quienes quedaron a disposición de la Justicia bajo la acusación de abigeato. La causa deberá establecer las responsabilidades individuales y determinar si participaron otras personas, una posibilidad que también planteó la familia.
Las detenciones representan un avance en la investigación, pero todavía no equivalen a una condena. Mientras la Justicia reúne pruebas, la familia de Manincho atraviesa el duelo por una muerte que, según sus integrantes, pudo haberse evitado.
Manincho no era una cosa: el vínculo con su familia
Ayelén Ávila, una de las cuidadoras de Manincho e hija de su propietario, contó que el burro era cuidado por su familia y que tenía una relación especialmente cercana con su padre. En declaraciones a medios riojanos, describió a Manincho como un animal manso, acostumbrado a la presencia de personas y al movimiento de las celebraciones en las que participaba.
La joven explicó que el vínculo entre su padre y el burro era difícil de expresar con palabras. También dejó en claro que la familia no busca una compensación económica ni llegar a un acuerdo con los acusados: reclama que la Justicia investigue lo ocurrido y determine las sanciones correspondientes.
La diferencia es importante. La pérdida de Manincho no se reduce al valor económico que pudiera asignársele ni a los premios que obtuvo. Su vida tenía un significado propio para quienes lo cuidaban, y su muerte dejó un vacío que no puede reemplazarse con dinero ni con otro animal.
Desde una perspectiva de protección animal, este punto es central: los animales no son objetos intercambiables ni simples bienes materiales. Son seres capaces de experimentar dolor, miedo y bienestar, y sus vínculos con las personas también forman parte de la historia que se destruye cuando sufren violencia.
De campeón del festival a protagonista de las tradiciones de Aimogasta
Manincho era conocido por su participación en el Festival del Burro, donde había recibido el reconocimiento de campeón mundial, y por acompañar cada año las celebraciones del Domingo de Ramos. Durante esa jornada religiosa, formaba parte de la representación de la entrada de Jesús a Jerusalén, una tradición que reunía a familias, catequistas y fieles.
La Comunidad Parroquial de la Inmaculada Concepción de Aimogasta expresó su dolor por la muerte del burro y recordó el lugar que ocupaba en esas celebraciones. Desde la parroquia señalaron que Manincho era parte de su “catequesis viva” y que su muerte dolía tanto a la comunidad creyente como a la sociedad en su conjunto.
Su participación en las actividades públicas lo había convertido en una figura reconocida, especialmente entre los chicos y las familias que lo veían año tras año. Sin embargo, su importancia no dependía de haber ganado un premio ni de formar parte de una celebración: Manincho merecía vivir y recibir cuidados más allá de cualquier utilidad cultural, religiosa o recreativa.
La indignación que despertó su muerte también refleja ese vínculo entre la comunidad y un animal que se había incorporado a la vida cotidiana de Aimogasta. Pero el reclamo no debería limitarse a la pérdida de una figura querida: también invita a preguntarse qué lugar se les da a los animales y qué respuestas existen cuando son víctimas de violencia.
La investigación judicial y el reclamo de justicia
La causa fue caratulada como abigeato, figura penal vinculada con el apoderamiento ilegítimo de ganado. La investigación busca esclarecer cómo fue sustraído Manincho, dónde fue faenado y quiénes intervinieron en el hecho. La familia, por su parte, pidió que se avance sobre todas las posibles responsabilidades.
El caso también vuelve a poner en discusión la protección de los animales frente a hechos de violencia que pueden quedar abordados exclusivamente desde el robo o el perjuicio económico. La Ley Nacional 14.346 sanciona los actos de maltrato y crueldad hacia los animales, aunque la aplicación de esa norma y la eventual calificación jurídica de este caso deben ser evaluadas por la Justicia a partir de los hechos y las pruebas reunidas.
Investigar la sustracción y la faena es indispensable, al igual que determinar las responsabilidades penales que correspondan. Pero una mirada integral también exige reconocer la violencia ejercida contra Manincho y el sufrimiento causado a quienes lo cuidaban.
La familia no puede recuperar al burro que acompañó durante años, y la comunidad perdió a un integrante singular de sus tradiciones. La respuesta judicial deberá esclarecer lo ocurrido y evitar que el caso quede reducido a una noticia policial más.
Manincho no era solamente un burro premiado ni un protagonista de las fiestas de Aimogasta. Era un ser vivo con una historia y vínculos propios. Su muerte merece justicia, y su recuerdo también puede servir para reclamar una relación con los animales basada en el respeto, el cuidado y el reconocimiento de que sus vidas importan.


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