Fueron a denunciar desmontes y terminaron detenidos: el caso de Marta Herrera y Leonardo Pantoja sacude al norte salteño

ACTUALIDAD12/01/2026La Política AmbientalLa Política Ambiental
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Misión Chaqueña, Salta — Marta Herrera ya está en libertad, pero lo ocurrido no pierde gravedad con el paso de los días. Al contrario: su detención dejó expuesto un mecanismo preocupante que atraviesa a muchas comunidades indígenas del norte argentino. Herrera, histórica referente del pueblo wichí, fue privada de su libertad cuando se presentó ante una comisaría para denunciar amenazas y el avance del desmonte sobre territorio comunitario. No fue un error administrativo ni un malentendido: fue una señal clara de cómo responde el sistema cuando se cuestionan intereses económicos sobre el monte.

Herrera no llegó sola. Fue acompañada por Leonardo Pantoja, integrante de la misma comunidad, con quien buscaba dejar constancia formal de una situación que vienen denunciando desde hace tiempo: alambrados, tala del monte nativo y restricciones de acceso a tierras que consideran ancestrales. La denuncia apuntaba a un empresario agropecuario con presencia en la zona y conflictos previos con la comunidad.

Lo que sucedió después invirtió cualquier lógica de acceso a la justicia. En lugar de tomar la denuncia y activar mecanismos de protección, la respuesta fue la detención. Marta Herrera, una mujer mayor, con problemas de salud, terminó esposada y trasladada, mientras la acusación penal se construía a partir de la denuncia del mismo actor al que ella señalaba por el daño ambiental y territorial.

La presión social, la intervención judicial y la presentación de un hábeas corpus lograron que Herrera recuperara su libertad. Pero el conflicto está lejos de cerrarse. Leonardo Pantoja continúa privado de su libertad, en una causa que mantiene en vilo a las comunidades indígenas de la zona de Embarcación. Su detención refuerza el temor colectivo: denunciar puede salir caro.

Para las comunidades wichí, el mensaje es alarmante. No solo porque el desmonte avanza en una región ya profundamente castigada, sino porque el sistema penal parece activarse con mayor rapidez contra quienes defienden el territorio que contra quienes lo degradan. El monte nativo no es un paisaje: es alimento, medicina, identidad y memoria. Perderlo implica mucho más que un daño ambiental.

Este caso vuelve a poner en discusión el rol del Estado frente a los conflictos socioambientales. La Constitución reconoce los derechos de los pueblos originarios sobre sus tierras, y la legislación ambiental establece límites claros al desmonte. Sin embargo, en la práctica, quienes reclaman el cumplimiento de esas normas suelen quedar expuestos a causas judiciales, hostigamientos y detenciones.

Que Marta Herrera haya sido liberada no borra la gravedad institucional de lo ocurrido. Y que Leonardo Pantoja siga detenido profundiza la sensación de injusticia y desprotección. Para una generación joven que discute cambio climático, derechos humanos y justicia ambiental, este episodio deja una pregunta incómoda pero urgente: ¿quién paga el costo de defender el territorio en la Argentina real?

En el norte salteño, hoy, la respuesta parece clara. Defender el monte sigue siendo un acto de riesgo.

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