Más de 100 despidos en la Comisión Nacional de Energía Atómica: el ajuste profundiza la crisis del principal organismo de desarrollo nuclear del país

La ola de cesantías desató un escándalo en la sede central de la CNEA. El Gobierno desplegó un operativo de Gendarmería ante las protestas, el presidente del organismo debió abandonar el edificio escoltado y trabajadores denuncian un proceso de desmantelamiento que pone en riesgo proyectos estratégicos para la ciencia, la salud y la soberanía tecnológica argentina.
01/07/2026La Política AmbientalLa Política Ambiental

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La política de "motosierra" impulsada por el presidente Javier Milei volvió a impactar sobre un área considerada estratégica para el desarrollo nacional. Esta vez, el recorte alcanzó a la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), el organismo responsable de liderar desde hace más de siete décadas la investigación, el desarrollo y la innovación nuclear en la Argentina.

La decisión de avanzar con más de un centenar de despidos, según denuncian los trabajadores y organizaciones gremiales, no solo dejó sin empleo a profesionales, investigadores, ingenieros, técnicos y personal especializado, sino que también abrió un fuerte interrogante sobre el futuro de proyectos científicos construidos durante décadas con inversión pública y reconocidos internacionalmente.

A diferencia del discurso oficial que suele asociar el ajuste estatal con la eliminación de estructuras burocráticas o cargos políticos, en la CNEA el recorte alcanzó a personal altamente calificado cuya formación demandó entre diez y quince años de capacitación y experiencia. Se trata de especialistas que participan en el desarrollo de reactores nucleares, la producción de radioisótopos para medicina, investigaciones sobre combustibles nucleares, materiales avanzados y proyectos tecnológicos considerados estratégicos para la soberanía científica y energética del país.

Gendarmería, un organismo blindado y un presidente que debió salir escoltado

La notificación de las cesantías, realizada el 30 de junio, provocó una inmediata reacción de los trabajadores en la sede central de la CNEA, ubicada sobre la avenida del Libertador 8250, en el barrio porteño de Núñez.

Lejos de abrir una instancia de diálogo con los representantes gremiales, el Gobierno respondió con un importante operativo de Gendarmería Nacional, que fue desplegado para custodiar el edificio ante la posibilidad de protestas y manifestaciones por parte del personal afectado.

La presencia de la fuerza federal dentro del principal organismo de desarrollo nuclear del país generó un clima de máxima tensión. Trabajadores denunciaron empujones, golpes y un intento de desalojar las protestas que se desarrollaban en el interior del edificio.

El episodio alcanzó su punto más crítico cuando el presidente de la CNEA, Martín Porro, permaneció durante varias horas atrincherado en su despacho mientras crecían los reclamos. Finalmente, debió abandonar el organismo escoltado por efectivos de Gendarmería Nacional, en medio de insultos, abucheos y fuertes cuestionamientos de los trabajadores, quienes lo responsabilizan por los despidos y por la política de ajuste que atraviesa el organismo.

Las imágenes del máximo responsable de la CNEA retirándose bajo custodia de una fuerza federal se convirtieron en el símbolo de una jornada que expuso la profundidad del conflicto y el nivel de rechazo que generó la decisión del Gobierno dentro de una institución considerada clave para el desarrollo científico y tecnológico argentino.

El ajuste alcanza a un organismo estratégico del Estado

La decisión del gobierno de Javier Milei de avanzar con una nueva reducción de personal en la Comisión Nacional de Energía Atómica volvió a poner bajo la motosierra a uno de los organismos científicos más importantes del país.

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Mientras la administración nacional reconoce oficialmente la no renovación de 61 contratos, dentro del organismo aseguran que el proceso es considerablemente más amplio y que las desvinculaciones ya superan el centenar de trabajadores, con estimaciones que elevan la cifra hasta 170 personas entre contratos caídos y cesantías previstas para las próximas semanas.

Lejos de tratarse de cargos políticos o estructuras burocráticas, el ajuste alcanza a profesionales altamente especializados cuya formación demandó años de inversión pública. Entre los afectados figuran ingenieros nucleares, físicos, químicos, investigadores, técnicos, licenciados y especialistas que integran equipos científicos vinculados a proyectos estratégicos para el desarrollo tecnológico argentino.

El recorte representa uno de los golpes más importantes que recibió la CNEA desde su creación y profundiza el proceso de reducción del Estado impulsado por el Poder Ejecutivo sobre organismos científicos y tecnológicos.

Un organismo que convirtió a la Argentina en una potencia nuclear

Creada el 31 de mayo de 1950, la Comisión Nacional de Energía Atómica fue el motor del desarrollo nuclear argentino y permitió que el país integrara el reducido grupo de naciones capaces de dominar el ciclo completo de la tecnología nuclear con fines pacíficos.

Durante más de siete décadas desarrolló reactores de investigación, produjo combustibles nucleares, impulsó investigaciones científicas de nivel internacional, abasteció al sistema sanitario con radioisótopos para medicina nuclear y formó recursos humanos que hoy son reconocidos en todo el mundo.

La CNEA desarrolla sus actividades en el Centro Atómico Constituyentes, en San Martín; el Centro Atómico Ezeiza, en la provincia de Buenos Aires; y el Centro Atómico Bariloche, en Río Negro. Además mantiene una articulación permanente con el Instituto Balseiro, INVAP y Nucleoeléctrica Argentina, conformando uno de los complejos científicos y tecnológicos más importantes de América Latina.

La motosierra llegó a proyectos estratégicos

El ajuste no solo impacta sobre la planta de personal. También amenaza la continuidad de programas considerados claves para el desarrollo científico y productivo del país.

Entre ellos se encuentra el CAREM, el primer reactor modular de potencia diseñado íntegramente por científicos e ingenieros argentinos, un proyecto que durante años fue presentado como una de las mayores apuestas tecnológicas nacionales.

Otro de los desarrollos afectados es el RA-10, un reactor multipropósito destinado a incrementar la producción nacional de radioisótopos utilizados para el diagnóstico y tratamiento de enfermedades, además de ampliar la capacidad exportadora argentina de molibdeno-99, uno de los insumos más demandados por la medicina nuclear a nivel mundial.

A esto se suman investigaciones sobre combustibles nucleares, nuevos materiales, protección radiológica, aplicaciones industriales y programas vinculados a la innovación tecnológica, todos dependientes de equipos interdisciplinarios que requieren años de formación y experiencia.

El costo del ajuste no se mide solo en despidos

A diferencia de otras áreas del Estado, el principal capital de la Comisión Nacional de Energía Atómica no está representado por edificios o equipamiento, sino por el conocimiento acumulado de sus profesionales.

La formación de un ingeniero nuclear, un físico especializado o un investigador en tecnología atómica puede demandar entre 10 y 15 años de capacitación, experiencia práctica y entrenamiento en instalaciones de alta complejidad.

Cada profesional que abandona el organismo implica la pérdida de capacidades estratégicas construidas durante décadas mediante inversión pública. Esa experiencia no puede recuperarse rápidamente ni reemplazarse con facilidad, por lo que el impacto del ajuste trasciende ampliamente la reducción de la masa salarial.

La motosierra también avanza sobre el sistema científico

La situación de la CNEA no constituye un hecho aislado. Desde el inicio de la actual gestión, el Gobierno avanzó con recortes presupuestarios, paralización de programas y reducción de personal en organismos como el CONICET, el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) y el Servicio Meteorológico Nacional (SMN).

Para numerosos sectores de la comunidad científica, estas medidas reflejan un cambio profundo en la política pública hacia la ciencia y la tecnología, con una menor participación del Estado en áreas consideradas estratégicas para el desarrollo económico, industrial y energético del país.

La soberanía tecnológica en el centro del debate

El conflicto también volvió a instalar interrogantes sobre el futuro del programa nuclear argentino.

Argentina integra el reducido grupo de países capaces de diseñar reactores nucleares, fabricar combustibles, producir radioisótopos para medicina y desarrollar tecnología nuclear propia.

El debilitamiento de la CNEA no solo pone en riesgo proyectos específicos, sino que también puede reducir la capacidad del país para sostener una política tecnológica independiente en un escenario internacional donde la energía nuclear volvió a ocupar un lugar estratégico.

Las críticas se profundizaron luego del acercamiento del Gobierno a Estados Unidos en materia de cooperación nuclear y de las visitas de funcionarios estadounidenses a instalaciones del sector. Para numerosos especialistas, el problema no radica en la cooperación internacional, sino en que el ajuste interno debilita la capacidad de negociación de Argentina y erosiona una autonomía tecnológica construida durante más de siete décadas.

Un conflicto que trasciende los despidos

La crisis de la Comisión Nacional de Energía Atómica excede la discusión por los contratos rescindidos.

Lo que está en juego es la continuidad de una política de Estado que permitió a la Argentina desarrollar tecnología propia, formar especialistas y ocupar un lugar destacado en el escenario nuclear internacional.

Mientras el Gobierno sostiene que las medidas forman parte de una reorganización administrativa para reducir el gasto público, trabajadores, científicos y especialistas advierten que el costo puede ser mucho mayor que el ahorro inmediato.

La pérdida de profesionales altamente capacitados, la interrupción de proyectos estratégicos y el debilitamiento de capacidades científicas construidas durante más de 76 años representan, según sus críticos, un retroceso difícil de revertir en el corto plazo.

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