
Encontraron microplásticos y metales en el granizo y ahora piden investigar qué está cayendo sobre nuestras ciudades
20/08/2026
La Política Ambiental
Un análisis preliminar de muestras de granizo recogidas en Funes, Santa Fe, detectó microplásticos y distintos elementos químicos y metales. El hallazgo generó preocupación entre productores y abrió un debate sobre la contaminación presente en la atmósfera, mientras un epidemiólogo planteó la posibilidad de que algunos de estos materiales estén relacionados con procesos de intervención climática.
Pero hay algo que debe quedar claro desde el comienzo: las muestras no demuestran que haya existido una intervención artificial del clima. Los propios especialistas que participaron del análisis reconocen que se trata de un estudio preliminar y que hacen falta muchas más muestras y controles para establecer de dónde provienen los materiales encontrados.
Y justamente ahí aparece la verdadera preocupación ambiental: si existen microplásticos y metales en las precipitaciones, el Estado debería estar investigando de manera sistemática qué partículas circulan por nuestra atmósfera y terminan llegando al suelo, al agua y a los alimentos.
El granizo que llamó la atención de los productores
El episodio ocurrió en Funes, Santa Fe, donde un grupo de productores decidió enviar muestras de granizo a laboratorios independientes después de observar características que consideraron inusuales.
Según el informe difundido por SanLuis24, algunas de las piedras permanecieron entre 24 y 48 horas sin derretirse completamente, a pesar de la presencia del sol y de temperaturas que llegaron a los 27 grados.
Ante esta situación, las muestras fueron enviadas a tres laboratorios independientes: dos de Rosario y uno de Córdoba.
El análisis preliminar encontró microplásticos y una variedad de elementos químicos y metales, entre ellos calcio, potasio, sodio, aluminio, arsénico, bario, boro, cromo, estroncio, magnesio, nitratos, plata, silicio, yodo y zinc.
El hallazgo, por sí solo, ya debería ser suficiente para generar una investigación ambiental seria.
Porque los microplásticos no son un fenómeno imposible ni desconocido en la atmósfera. La ciencia ya demostró que estas partículas pueden viajar por el aire y regresar a la superficie mediante las precipitaciones. Incluso se han encontrado microplásticos en nieve de zonas de alta montaña alejadas de grandes centros urbanos.
La pregunta que todavía nadie puede responder
El punto más importante ahora no es afirmar que alguien está modificando el clima.
La pregunta es de dónde provienen exactamente los materiales encontrados.
El médico epidemiólogo Ramiro Salazar Cisneros, quien participó en la logística del envío de las muestras, sostuvo que los resultados todavía no permiten sacar conclusiones definitivas.
Según explicó, es necesario repetir los análisis y tomar nuevas muestras durante un período prolongado para determinar si la presencia de estos elementos vuelve a aparecer y en qué concentraciones.
Y esto es fundamental.
Encontrar microplásticos o determinados metales en una muestra de granizo no permite establecer automáticamente que fueron introducidos artificialmente en las nubes.
Existen numerosas fuentes naturales y humanas capaces de liberar partículas a la atmósfera. El tránsito, la actividad industrial, la quema de combustibles, los residuos, los procesos agrícolas y el propio movimiento de partículas desde el suelo pueden contribuir a la contaminación atmosférica.
De hecho, investigaciones científicas ya demostraron que las precipitaciones pueden capturar microplásticos presentes en la atmósfera y llevarlos nuevamente hacia la superficie.
La hipótesis de la intervención climática
A partir de los resultados, Salazar Cisneros planteó una hipótesis mucho más controvertida: que algunos de los elementos detectados podrían participar en procesos de formación de hielo dentro de las nubes y que esto podría relacionarse con técnicas de siembra de nubes o geoingeniería climática.
El especialista incluso planteó la posibilidad de que determinadas partículas puedan ser dispersadas desde aeronaves que vuelan a gran altura y reclamó mayores controles sobre este tipo de vuelos.
Sin embargo, una hipótesis no es una prueba.
La existencia de partículas capaces de actuar como núcleos de hielo tampoco demuestra que hayan sido colocadas deliberadamente en la atmósfera. La propia investigación reconoce que todavía no existen elementos suficientes para afirmar que hubo una intervención climática.
Esto no significa que la posibilidad deba ser descartada automáticamente. Significa que, si existe una sospecha de este tipo, debe investigarse científicamente y no convertirse en una conclusión antes de tener evidencia suficiente.
El dato que sí debería preocuparnos: los microplásticos están en el aire
Más allá de la hipótesis sobre la modificación artificial del clima, existe un problema ambiental comprobado detrás de este caso.
Los microplásticos ya forman parte de la contaminación atmosférica.
Estas partículas pueden permanecer suspendidas en el aire, desplazarse grandes distancias y posteriormente ser arrastradas por la lluvia, la nieve o el granizo.
Investigaciones científicas encontraron microplásticos incluso en lugares remotos, lejos de las principales fuentes urbanas de contaminación. Estudios recientes también demostraron que las precipitaciones funcionan como un mecanismo de transporte de estas partículas desde la atmósfera hacia los ecosistemas terrestres y acuáticos.
Por eso, que aparezcan en una muestra de granizo no debería ser utilizado únicamente para alimentar una discusión sobre geoingeniería.
También debería obligarnos a preguntarnos cuánto plástico estamos respirando, cuánto termina en nuestros suelos y cuánto llega a nuestros sistemas de agua.
Y los metales también necesitan una explicación
El listado de elementos encontrados también requiere un análisis mucho más profundo.
La presencia de metales en partículas atmosféricas puede tener distintos orígenes y no necesariamente implica una intervención humana deliberada. Para determinarlo sería necesario conocer las concentraciones exactas, la composición química, el tamaño de las partículas y su distribución, además de compararlas con muestras de aire, agua, suelo y precipitaciones de la misma región.
También sería necesario analizar muestras tomadas antes y después de diferentes tormentas y estudiar las trayectorias de las masas de aire.
Sin esa información, resulta imposible determinar si los elementos encontrados provienen de una fuente local, regional, industrial, natural o de transporte atmosférico a larga distancia.
Por eso, el pedido de realizar nuevos análisis resulta mucho más importante que cualquier conclusión apresurada.
¿Qué debería hacer el Estado?
Acá aparece una de las mayores falencias.
No debería ser un grupo de productores el que tenga que enviar muestras por su cuenta para intentar descubrir qué está cayendo sobre su territorio.
Si existe una preocupación por la presencia de microplásticos, metales u otras sustancias en las precipitaciones, deberían intervenir los organismos ambientales y sanitarios correspondientes.
El Estado debería establecer un programa de monitoreo sistemático de lluvia, granizo, nieve y material particulado, con muestras tomadas en distintos puntos y durante diferentes eventos meteorológicos.
También deberían realizarse análisis independientes y públicos, con metodologías transparentes que permitan comparar los resultados entre laboratorios.
Y si existe una sospecha concreta sobre vuelos, dispersión de partículas o posibles actividades de modificación climática, entonces corresponde investigar los registros aeronáuticos, las rutas de vuelo y cualquier actividad autorizada de modificación del tiempo.
Lo que no corresponde es mirar para otro lado.
Investigar antes de negar y antes de afirmar
Hay dos errores que deberían evitarse.
El primero es descartar el hallazgo simplemente porque la hipótesis de intervención climática resulte incómoda o polémica.
El segundo es mucho más peligroso: convertir un análisis preliminar en una prueba de que alguien está modificando el clima.
Ninguna de las dos posiciones sirve.
Lo que existe hasta ahora es un conjunto de muestras que, según el informe difundido, contiene microplásticos y diversos elementos químicos y metálicos. También existe una hipótesis sobre su posible relación con procesos de intervención atmosférica.
Pero todavía no existe evidencia suficiente para establecer una relación causal entre ambas cosas. El propio epidemiólogo señaló que hacen falta nuevas muestras y estudios para fortalecer las conclusiones.
Y justamente por eso la respuesta debería ser más ciencia, más controles y más transparencia.
El problema ambiental está aunque no haya geoingeniería
Incluso si futuras investigaciones demostraran que estos materiales llegaron al granizo por procesos completamente naturales o por contaminación atmosférica convencional, seguiríamos teniendo un problema ambiental.
Porque los microplásticos no deberían estar circulando por nuestra atmósfera en cantidades capaces de terminar incorporados a las precipitaciones.
Y si además aparecen metales y otros contaminantes, resulta todavía más necesario conocer su origen y concentración.
La discusión no debería reducirse a “nos están modificando el clima” o “no existe ninguna intervención”.
La pregunta más urgente es mucho más concreta:
¿Qué hay en el aire que respiramos y qué está cayendo sobre nuestros campos, nuestras ciudades, nuestros ríos y nuestros alimentos?
La respuesta no puede quedar en manos de rumores ni de hipótesis. Tiene que surgir de análisis independientes, controles estatales y datos públicos.
Porque si realmente hay contaminación en nuestras precipitaciones, el problema ya es suficientemente grave como para investigarlo, incluso sin necesidad de una teoría de geoingeniería.



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