El negacionismo climático se paga con incendios, vidas en riesgo y territorios devastados

21/01/2026La Política AmbientalLa Política Ambiental
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Los incendios que arrasan la Patagonia y otras regiones del país no son un accidente imprevisible. Son la consecuencia directa de una combinación letal entre crisis climática y decisiones políticas que niegan, minimizan o desfinancian la respuesta del Estado. En ese marco, el negacionismo climático deja de ser una postura discursiva para convertirse en un factor de riesgo concreto, con costos ambientales, sociales y económicos que ya están a la vista.

Cuando negar el clima es gobernar sin prevención
La evidencia científica es contundente: olas de calor más frecuentes, sequías prolongadas y vientos extremos crean condiciones ideales para incendios de gran magnitud. Frente a este escenario, la prevención exige inversión sostenida, planificación territorial y sistemas de manejo del fuego robustos. Negar el problema —o tratarlo como secundario— implica llegar tarde.

En Argentina, la respuesta estatal llegó a esta temporada debilitada: recortes y subejecución presupuestaria en políticas ambientales, brigadas con recursos limitados y una estrategia que prioriza el ajuste por sobre la prevención. El resultado es previsible: incendios más intensos, mayor superficie quemada y comunidades expuestas.

Del discurso a las consecuencias
El negacionismo climático no es neutral. Se traduce en: menos inversión en prevención, menor capacidad de respuesta ante emergencias, más daño ambiental irreversible, mayor riesgo para la vida de brigadistas y poblaciones.


Cuando el Estado relativiza la crisis climática, el fuego avanza. Y cuando avanza, no distingue discursos: consume bosques nativos, afecta cuencas de agua, destruye economías regionales y obliga a evacuaciones masivas.

Patagonia como síntoma
La Patagonia es hoy el ejemplo más visible. Los incendios de comportamiento extremo —rápidos, erráticos y difíciles de controlar— se repiten cada verano. A la crisis climática se suman modelos territoriales que agravan el riesgo, como la expansión de plantaciones de pinos exóticos, altamente inflamables, y la falta de ordenamiento en la interfaz urbano-forestal.

Sin una política pública integral, el territorio queda “preparado” para arder. La pregunta deja de ser si habrá incendios y pasa a ser cuán destructivos serán.

La responsabilidad política
Negar el cambio climático —o gobernar como si no existiera— es una decisión política. Y sus efectos también lo son. La ausencia de liderazgo en el territorio, la reducción de presupuestos y la respuesta simbólica por redes sociales contrastan con la magnitud de la emergencia.

Mientras países refuerzan sus sistemas de prevención, Argentina enfrenta incendios con menos Estado. El costo no se ahorra: se traslada a los territorios.

Lo que está en juego
Los incendios no se apagan con discursos. Se previenen con ciencia, inversión y planificación. Persistir en el negacionismo climático implica aceptar un futuro de veranos cada vez más destructivos, con pérdidas que tardarán décadas en repararse.

La lección es clara: negar el clima no lo frena. Y cuando el Estado mira para otro lado, el fuego gobierna.
 
 
 

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