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Entrevista a Roberto Bo: "10 años no parecen suficientes para aprobar la Ley de Humedales"

HUMEDALES 26/11/2022 Ecología Social y Soberana
Roberto Bo

Roberto Bó, es  Docente-investigador de la FCEyN, UBA. Activista ambiental enamorado del
Delta. Le hicimos unas preguntas para entender un poco más acerca de los humedales y su
importancia.


¿Qué es lo que hace a los humedales zonas tan biodiversas?
Los humedales, prácticamente en todos sus tipos, no sólo son altamente diversos sino también muy
productivos desde el punto de vista biológico. Esto se debe, básicamente, a que “se inundan”.
Rasgo particular, que permite distinguirlos de otras clases de ecosistemas, en función de dos
aspectos:
• Su mayor disponibilidad de agua, elemento esencial para la vida ( si lo comparamos con un
ambiente netamente terrestre que, normalmente, sólo la recibe de las precipitaciones). Como los
humedales se localizan en zonas topográficamente bajas, también se originan y alimentan a partir de
la acumulación de agua de origen pluvial, pero, normalmente, reciben un importante aporte “extra”,
también por desborde de cursos de agua, por acción de las mareas y/o por la combinación de los
tres factores anteriormente mencionados.
• La particular variación de esas condiciones de “inundabilidad” (en el tiempo y el espacio),
determina períodos de “aguas altas” y “aguas bajas”. Esto implica que, en algunos momentos y/o
lugares, los suelos puedan soportar aguas superficiales con alturas considerables y, en otros, estar
sólo “empapados” (saturados) e, incluso secos (aunque por períodos no muy extensos).
¿Y esta variabilidad cómo impacta a la fauna y flora?
Esta variabilidad hace que haya una elevada biodiversidad y eso se explica por lo que los ecólogos
llamamos la “Teoría de los disturbios intermedios”. Según ésta, las inundaciones periódicas son los
“disturbios” que generan cambios en las condiciones del sistema y su carácter “intermedio” refiere a
que dichas variaciones normalmente no son extremas (por ejemplo, en cuanto a la altura de las
aguas, su duración y/o frecuencia). Los “disturbios intermedios” hacen que, en una misma zona, se
genere una alta heterogeneidad en las condiciones de hábitat para la biota, permitiendo una mayor
disponibilidad de nichos que pueden ser ocupados por varias especies vegetales y animales distintas
y con un número mucho mayor al que existiría en ausencia de ellos. Esto ocurre no sólo
espacialmente (determinando un gradiente de condiciones a lo largo de un área dada) sino también
temporalmente (haciendo que, por ejemplo, en un mismo sitio, la altura del agua pueda variar
considerablemente en diferentes momentos del año). Todo esto evita que terminen dominando
algunas pocas especies, más exitosas competitivamente (tal como ocurre en ecosistemas con
condiciones ecológicas más estables). En los humedales, en cambio, la norma es que una importante
variedad de especies esté continuamente reinstalándose y dispersándose, permitiendo no sólo la
presencia de aquellas especialmente adaptadas a la dinámica hidrológica mencionada sino, incluso,
la de otras exclusivamente terrestres y/o estrictamente acuáticas, por períodos de duración variable.
¿Y toda el agua que va llegando de otros lugares, trae consigo a nuevas especies?

La abundancia de especies está dada por su elevada productividad biológica ya que, con la
inundación, periódicamente ingresan (y se redistribuyen) sedimentos, nutrientes, semillas, larvas y
otros estadios de especies animales que, cada tanto, reciclan el paisaje, fertilizando los suelos y
favoreciendo la supervivencia y reproducción de toda la biota. Y esto último ocurre no sólo en
aquellas regiones cuyos paisajes se encuentra totalmente constituidos por humedales (como en el
Delta del Paraná o en los Esteros del Iberá), sino también en aquellas donde estos ocupan
relativamente escasas superficies (como en nuestras extensas zonas áridas y semiáridas). Por otro
lado, la mayor cantidad relativa de agua genera una elevada humedad ambiente que, a su vez,
ejerce un efecto moderador del régimen térmico (causando, por ejemplo, una menor amplitud
térmica diaria y estacional y un menor número de días con heladas). Esto brinda, por lo tanto,
condiciones más favorables para la vida (y, en consecuencia, permite la instalación, la supervivencia
y la mayor producción/reproducción de varias especies vegetales y animales, incluyendo al hombre).


¿Por qué hay que defenderlos?
Por todo lo dicho. Y me apoyo no sólo en argumentos éticos (en cuanto a que “no somos
quienes” para destruirlos) sino en que, en última instancia, no hacerlo va en contra de nosotros
mismos. Las particulares características de los humedales (en cuanto a su composición, estructura y
funcionamiento) se traducen en importantes “funciones ecológicas” que, en última instancia, se
expresan en numerosos y variados bienes y servicios naturales (tangibles e intangibles) que
contribuyen a asegurar la supervivencia y a mejorar la calidad de vida para todos los que vivimos en
o cerca de ellos.
Entre las muchas funciones ecológicas “clave” y los “bienes naturales comunes” que derivan de ellas,
podemos destacar: a) la provisión de algo tan básico como el agua (constituyendo una de sus
fuentes más importantes en nuestras ecorregiones áridas y semiáridas); b) la regulación climática e
hidrológica, al constituir importantes depósitos naturales de carbono que, como tales, contribuyen a
no incrementar el “efecto invernadero” y, por lo tanto, el “Calentamiento global”. Y también por
retener grandes cantidades de agua que amortiguan las consecuencias negativas de eventos
extremos de inundación (cada vez más frecuentes debido al “Cambio climático”) y c) por su elevada
oferta de variados paisajes que, además de contribuir a satisfacer nuestras necesidades de
recreación, psicológicas y espirituales, constituyen el hábitat de numerosas plantas y animales, que
nos proveen de alimentos, fibras, productos medicinales, etc., etc. desde los tiempos de nuestras
comunidades originarias hasta hoy.
“Defenderlos” implica conservarlos, pero, entendiendo a la “conservación” en sentido amplio. Esto
es que, según el caso, ésta puede implicar acciones de preservación, restauración y/o de uso
sustentable. Concibiendo a la “sustentabilidad” como el mantenimiento de su identidad (y la de
quienes los habitan) y al “desarrollo sustentable” como el proceso de cambio para lograrla. Desde
ya, ambos conceptos no sólo deben involucrar a su componente económico-productivo (del que
nadie reniega pero que, indudablemente, no debe ser sinónimo de crecimiento económico
desmedido. cortoplacista y para unos pocos) sino también a su componente sociocultural y,
obviamente, al ecológico. Y digo, “obviamente”, porque, si bien los tres son importantes, asegurar la
sustentabilidad ecológica, irrefutablemente es la base para garantizar el mantenimiento en buen
estado de los otros dos.


¿Nos podrías contar la historia del Proyecto de Ley de Humedales? ¿Qué se logró hasta ahora?
Primero, deseo destacar que el proyecto mencionado se refiere a una “ley de presupuestos
mínimos”. Esto implica que, si bien somos un país federal y nuestra Constitución dice que “el
dominio originario de los recursos naturales” (como los humedales) “corresponde a las provincias”,
al votar este tipo de ley, nos comprometemos a cumplir un conjunto “mínimo” de normas o
“presupuestos” que son de aplicación común en todo el territorio nacional, priorizando el interés
general. Y si decimos que dichos presupuestos son para “conservar nuestros humedales”, vuelvo a
insistir en que la propuesta no sólo habla de preservación y restauración sino también de uso
sustentable. Es decir, que no es cierto lo que afirman algunos que “cuando se apruebe la ley no nos
van a dejar hacer nada en ellos”.
Pero volviendo a la historia de la iniciativa, les cuento que luego de varias instancias que
involucraron a distintos actores sociales (incluyendo al sector científico), en 2012 se propusieron dos
proyectos de Ley en la Cámara de Senadores (uno presentado por un representante de quienes, en
ese momento, representaban a la oposición y el otro, por una representante del oficialismo). Lo
destacable fue que, pese a esto, ambos proyectos tenían tantos puntos en común que se acordó
unificarlos en uno único que fue votado y aprobado por amplia mayoría en 2013. Sin embargo, al
pasar a la Cámara de Diputados… éste nunca se trató y, por lo tanto, una vez que se vencieron los
tiempos reglamentarios, perdió estado parlamentario. Esto implicó que todo lo hecho quedara sin
efecto y que, si se pretendía presentar un nuevo proyecto, debía iniciarse otro trámite desde cero.
Deseo aclarar que, si bien dicho proyecto tenía, a mi entender, ciertos puntos por mejorar
(situación que había sido prevista para la posterior etapa de reglamentación de la ley), una de las
principales razones sostenidas para que no avanzara, fue que no había sido suficientemente
discutido por las provincias, fundamentalmente, en el ámbito del Consejo Federal de Medio
Ambiente o COFEMA (que nuclea a las autoridades ambientales de todas ellas). No obstante, si bien
esto pudo haber sido realmente así, los eventuales avances a partir de esa discusión, fueron poco
públicos y nunca se tradujeron en una nueva propuesta. Hubo que esperar, entonces, hasta 2016
para que el Senador Pino Solanas propusiera otro proyecto de Ley (con el mismo espíritu, pero con
una versión superadora del anterior). Y… nuevamente, el proyecto fue votado y aprobado por
amplia mayoría en la Cámara de Senadores, pero al pasar a la de Diputados volvió a ser “cajoneado”
hasta que, otra vez… perdió estado parlamentario.
Pasaron unos años más hasta que, en 2019, se hizo un nuevo intento. En este caso (y
seguramente debido al reclamo de muchos integrantes de nuestra sociedad), con la presentación de
… ¡diez proyectos en Diputados y cinco proyectos en Senadores! (por congresistas de prácticamente
todas las fuerzas políticas con representación parlamentaria). Y, para que el proyecto a votar fuera el
mejor posible, previamente, integrantes del propio Congreso, propusieron discutirlo públicamente
en varios eventos en el que participaron (o al menos fueron invitados a hacerlo) representantes de
todos los ámbitos (político, académico, productivo, representantes de organizaciones de la sociedad
civil y pobladores locales). Esta vez, los avances fueron muy escasos en el ámbito del Senado, pero,en Diputados, luego de una ardua y constructiva discusión, los integrantes de la Comisión de
Recursos Naturales y Conservación del Ambiente, lograron elaborar un proyecto unificado y
consensuado por representantes de todas las fuerzas políticas. Sin embargo… cuando este último
pasó a las otras comisiones que solicitaron su tratamiento en dicha cámara (Agricultura, Intereses
marítimos y Presupuesto)… las mismas nunca lo trataron y, al expirar los plazos reglamentarios (a
fines de 2021), contribuyeron a que perdiera estado parlamentario… ¡por tercera vez!


¿Por qué pensás que después de diez años de lucha, se volvió a cajonear la Ley de Humedales?
¿Qué intereses están en juego?
Hay tres grandes cuestiones que contribuyeron (y lo siguen haciendo) para que esto ocurra,
todas ellas íntimamente relacionadas entre sí. En primer lugar, las percepciones negativas sobre los
humedales que todavía tienen varios integrantes de nuestra sociedad (basadas en el
desconocimiento y visiones de otras épocas que, por su naturaleza inundable, consideraban
erróneamente a dichos ecosistemas como improductivos e insalubres). En segundo lugar, los
temores infundados generados a partir de aseveraciones como las ya señaladas, en cuanto a que la
Ley de Humedales “atentará contra el desarrollo económico- productivo del país” (con argumentos
débilmente sustentados o directamente inexistentes, mayormente realizados con la intención de
seguir favoreciendo los particulares intereses de unos pocos). Y, en tercer lugar, la fuerte presión
ejercida por algunos de estos últimos (normalmente en forma no pública), por tratarse de
integrantes de grandes grupos de poder procedentes de distintos ámbitos (financieros,
agropecuarios, mineros, portuarios, industriales, inmobiliarios, etc.). Los mismos, indudablemente
pretenden mantener el status quo e, incluso, aumentar considerablemente (y en el corto plazo), los
ingresos provenientes de sus negocios, a costa de los humedales (obviamente, sin contribuir a su
conservación). Los grandes incendios que venimos experimentando en distintas regiones de nuestro
país (muchas de ellas constituidas en gran parte por humedales), son un ejemplo palpable de esto
último. Estos, muy seguramente, son favorecidos por las sequías extremas y la bajante de los
grandes ríos (que venimos percibiendo ante la nueva realidad del Cambio Climático), pero también,
son potenciados por la menor circulación humana y, por consiguiente, por el escaso control público
(asociados a la lamentable pandemia que seguimos viviendo). Claramente, un altísimo porcentaje de
los mismos tiene origen humano, a veces no intencional y probablemente producto de cierta
inconciencia, pero… muchas otras veces, manifiestamente intencionales y probablemente
relacionados con esos poderosos intereses mencionados).
Sin embargo, como ya dije, la Ley propuesta no necesariamente va en contra del uso de los
humedales, sino que, claramente, plantea que, si queremos ocuparlos y/o realizar actividades
productivas en ellos, ese uso debe ser efectivamente sustentable desde las tres perspectivas
(económico-productiva, sociocultural y ecológica). Esto último, básicamente implica no trasladar a
los humedales, modelos propios de otras realidades socioambientales y/o relacionados con visiones
de otras épocas. Y menos aún, si las mismas se basan en modalidades extremadamente intensivas,
que cubren grandes extensiones y/o utilizan tecnologías altamente transformadoras y escasamente
resilientes. La idea es, simplemente, adaptar esas eventuales actividades al normal funcionamiento
de los humedales…y no al revés, basados en: un adecuado conocimiento sobre su estado de
situación y funcionamiento, una planificación socioambiental efectivamente participativa y en un
adecuado ordenamiento territorial.

Estas noticias nos angustian …¿qué mensaje esperanzador le podrías decir a los y las jóvenes
activistas ambientales para que sigan luchando?
Les diría que todavía estamos a tiempo pero que hay que seguir insistiendo, con más
continuidad y fuerza que nunca. Y que esto depende, entre otras cuestiones, de que se conozcan, no
se malinterpreten y se difundan muchas de las cosas de las que hablamos aquí. Y que está en
nosotros (y en muchos otros integrantes de la sociedad), seguir presionando para asegurar que esto
ocurra. Que, si bien es cierto que, luego de diez años de lucha, el balance, al menos en lo político-
legislativo, es negativo, no todo está perdido. Que la presión ejercida por fuertes intereses
económicos para que la ley nunca se vote, resulta imposible de negar y ocultar y que los argumentos
contrarios a la misma son poco sólidos. Que, gracias al esfuerzo realizado, nuestra constancia y
actitud comprometida, la Ley de Humedales ocupa actualmente, quizás el primer lugar en la agenda
pública ambiental. Y que… por todo esto, aparecen algunas señales esperanzadoras.
Afortunadamente, al inicio de las sesiones ordinarias del congreso de este año 2022, varios
diputados volvieron a presentar el proyecto de ley consensuado en 2020, para que se trate en forma
urgente. Asimismo, tanto el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación como el
COFEMA, a diferencia de lo ocurrido en las oportunidades anteriores, han declarado prioritaria a la
Ley de Humedales y se han comprometido, en forma urgente, a trabajar en un proyecto superador.
Para que todo esto se concrete, si bien somos conscientes que nuestro actual contexto
económico, sanitario y socioambiental, es muy complicado, debemos darle un claro mensaje a
nuestras representantes y autoridades ejecutivas, legislativas y judiciales. Éste es: que no debemos
pensar, otra vez equivocadamente, que primero tenemos que “crecer” económica y
financieramente, sin importar mucho las formas y que recién luego “habrá tiempo para pensar en lo
ambiental” (e, incluso, lo social y cultural). Más allá que esta “receta” nunca nos resultó y que, si lo
hacemos, volvemos a hacerle el juego a esos pocos integrantes de los grupos de poder (que seguirán
contribuyendo a que nos pase lo que nos pasa), éste debe ser un momento fundacional. Esto es, que
debemos intentar iniciar un nuevo camino de recuperación, pero incorporando, desde el inicio, la
efectiva conservación de nuestros humedales, componentes claves de nuestro patrimonio ambiental
y cultural presente y futuro. Sigamos insistiendo entonces, apoyando y colaborando con ésta y otras
iniciativas (y, lógicamente, asegurando su posterior cumplimiento), manteniendo y exigiendo una
actitud activa y comprometida, no sólo por parte de nuestros gobernantes y legisladores sino de
todas y todos nosotros.

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