
Una mirada intercultural sobre “la grieta minera”
La Política Ambiental
Por Manuel Fontenla
Esta nota busca aportar una idea harto consabida en el mundo de la filosofía y las ciencias humanas: antes que cualquier diálogo sea posible, es necesario cotejar algunas condiciones previas e indispensables, para que el diálogo efectivamente sea posible. Una de ellas, tiene que ver con el carácter cultural de esas condiciones (el ejemplo más obvio, es que ambos interlocutores hablen el mismo idioma o cuenten con un traductor) y otra con las relaciones de poder entre los interlocutores.
Sobre la primera de estas, será esta nota.
El punto más difícil para entablar un diálogo intercultural, es acordar en el carácter ontológico de la realidad. Básicamente, ponernos de acuerdo en cuanto a qué existe en el mundo y que no. Si a penas leer esta frase, a usted le parece una ridiculez discutir sobre que existe y que no, entonces con más razón es necesaria la perspectiva intercultural; puesto que efectivamente, distintas comunidades pueden disentir en cuanto a que existe, y cuál es el carácter y valor de eso que existe. En Latinoamérica, una inmensa cantidad de comunidades indígenas y campesinas (que componen la mayor parte de habitantes del continente) tienen una ontología distinta a la de nuestra sociedad nacional argentina, criolla, o a nuestra ontología “normal”.
Cuando las asambleas socio-ambientales y las comunidades locales expresan explícitamente que no son “anti-mineras”, sino que defienden el Agua y los Cerros, lo que están expresando es una diferencia ontológica sobre la realidad. No están diciendo que están en contra de los 267 trabajadores andalgalenses de MARA, ni están diciendo que no quieren crecer, ni tener mejores condiciones de vida, ni que haya más recursos y plata en el municipio. Lo que están diciendo, es que, en su ontología, en su modo de comprender el mundo, en la jerarquía de sus valores éticos, el Agua y el Cerro, tienen un valor de vida mucho más importante que el del trabajo, el negocio, la plata o cualquier progreso. En la ontología de muchos vecinos de Choya o de Chaquiago, el Agua y el Cerro, son bienes comunes (en el mundo del negocio, diríamos “intangibles”, en nuestro mundo decimos “sagrados”). Tienen un valor, que no es monetizable, que no es comercializable. Tienen el mismo valor que una vida humana, un valor absoluto. Una vida humana, no puede tener precio, ser comercializable ni valuable.
Por el contrario, la ontología de las empresas capitalistas como MARA y de los gobiernos EXTRACTIVOS, se caracterizar por una ontología donde todo lo que existe es mercancía. El valor absoluto, es el valor de mercado, y la jerarquía ética de su ontología se define por el valor monetario que cada existencia puede adquirir. Si su precio es más alto, es mejor, más bueno. Un cerro, un lago, cada mineral, cada árbol, cada porción de tierra, cada idea, cada práctica, cada parte del cuerpo, todo absolutamente todo, incluso lo más vital para nuestras vidas humanas, como el agua, es comercializable y tiene un precio. De hecho, desde hace poco tiempo, miles de personas han visto con horror que el Agua, ha empezado a cotizar en bolsa. Un peligro para el futuro de nuestras sociedades.
Volvamos al diálogo. Para poder entablar un diálogo, el primer paso necesario es comprender la perspectiva del otro. Es asumir que el discurso del otro, que su perspectiva, también tiene veracidad. Tal vez no para nosotros, tal vez no para un conjunto de leyes o una carta orgánica. No importa eso. A la hora de sentarse frente a frente a dialogar, tiene que existir un reconocimiento mutuo de las ontologías en juego. Un reconocimiento mutuo de que es lo que tiene valor de vida, para cada uno de los interlocutores.
De acuerdo al reconocido antropólogo Eduardo Viveiros de Castro, podríamos decir que un “chaman”, es de alguna manera, un traductor ontológico. “El chamanismo amerindio se puede definir como la habilidad que manifiestan algunos individuos para atravesar las barreras corporales entre las especias y para adoptar la perspectiva de subjetividades aloespecificas, de manera de administrar las relaciones entre estas y los humanos. Los chamanes son capaces de asumir el papel de interlocutores activos en el diálogo transespecifico”. El chamán es un diplomático entre ontologías distintas del mismo mundo. Y lo más importante de todo: “El chamanismo amerindio se guía por la idea de “tomar el punto de vista de lo que es preciso conocer”.
En otras palabras, es necesario conocer el punto de vista del Agua y del Cerro para saber si quieren ser explotados o no. Para ello habría dos posibilidades. Una, que en el diálogo entre el gobernador Jalil y el Intendente Córdoba, participe también un chamán en representación del Agua y el Cerro. Por la falta de interculturalidad de nuestra sociedad, esta opción que sería bastante lógica y racional en otras sociedades, suena a una locura en la nuestra, así que dejémosla de lado.
La otra opción, sería que, en un ejercicio de interculturalidad, el gobernador, asuma la veracidad de la ontología de los vecinos de choya. Que asuma la propia perspectiva de ellos respecto al cerro y el agua. Y, justamente esa ontología de los vecinos y vecinas, la manera en que ellos mismos se presentan ante el mundo, no es como ANTI-mineros, sino como Defensores del Agua y el Cerro, defensores de aquello que consideran sagrado y vital para sus mundos y sus vidas.
Plantearse estas cuestiones, no es solo un ejercicio de filosofía intercultural, es también, pensar en las condiciones necesarias para un diálogo posible.
*Docente e investigador.


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